El sol pierde altura a medida que el invierno boreal gana terreno, las sombras se alargan y los días se acortan. La luz solar se queda más al sur mientras el planeta avanza hacia el perigeo: quemamos la leña que el calor veraniego secó y nos enfundamos en la ropa de invierno. En la mente quedan nuestros refugios, los templos de la luz del sol construidos en nuestros recuerdos.
Así recuerdo La Restinga, un puertecito remoto, colgado en un balcón sobre el Atlántico, en la Isla canaria del Hierro, el el cabo que pone a sotavento el Mar de las Calmas ¡menudo lugar! Es cierto que la isla es como el final de los caminos porque atrás queda el continente bullicioso y apesadumbrado, con todos sus conflictos y ansiedades. Aquí, un horizonte radiante fuga hacia poniente como arrastrándonos con el alísio, de hecho, este es ahora el último puerto de garantía antes del gran salto oceánico. Ahora está reforzado por un nuevo dique de diseño funcionarial, como casi todo en estas islas dónde los planes de futuro llegan en carpetas con registro de salida y donde muchos habitantes son meramente delegados de la riqueza continental que mantiene una pica clavada en la dura roca volcánica para que la isla no quede sin su representación.
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La roca negra de las coladas recientes y las formaciones basálticas contrastan con el resplandor de la lámina de agua sobre la que chispea el viento omnipresente, mientras que blasones verdes hablan de la fuerza precisa de la naturaleza de estas latitudes en las que la humedad del aire salino anida en la tierra, dando vida a mil exóticas especies vegetales.
Fue un amigo mío el que al oirme hablar de La Restinga me dijo que el término viene del Gallego y significa "tierra que se prolonga hacia el mar" o, si se quiere, "bajo que se adentra en la mar". Efectivamente, así debe de ser, porque al bucear en estas aguas, que son plaza común de los fotógrafos submarinistas de toda europa, descubres diversos espolones de roca volcánica que se prolongan hacia el abismo. El buceo es aquí carta de naturaleza del lugar y hasta se puede decir que el puerto es de los buceadores, si bien el ingeniero que lo diseñó, a fuerza de mucha conversación con uno o varios representantes de la política regional o nacional, no estuvo en disposición de darse cuenta de este hecho y de sus planos terminó resultando la peregrinación diaria de decenas y decenas de buceadores que van y vienen transportando con remolques sus pesados equipos de respiración autónoma y embarcando de manera precaria en sus coloridas embarcaciones.
Una vez navegando, la vida es bella, la luz y el aire cálido se apoderan del espíritu. Tras fondear al estilo de los buceadores y después de los preparativos de rigor, el "dive master" impone su explicación que se escuchan atentamente los buzos al tiempo que hacen sus últimos ajustes en el equipo. Con las señas de costumbre, una vez en el agua después del chapuzón, te dejas caer hacia el fondo y te acercas a los secretos del mar.
Aquí, como en cada enclave frecuentado por los buceadores, cada "inmersión" tiene su nombre en clave, como si fueran las vías de escalada de los alpinistas "el bajón" "el desierto" "el junco hundido" ...
Te acomodas en la ingravidez del buceo y ajustas los trastos de tu equipo, te quitas el agua de la máscara y respiras entusiasmado por el milagro de estar a veinte o treinta metros de profundidad tan cómodo como sorprendido. Con la linterna escudriñas las rendijas y cuevas, proporcionando luz y color a lo que encuentras: el espectáculo no tiene fin, te quedas prendido de cualquier imágen, bien el azul hacia lo profundo como la visión hacia la superficie o una minúscula especie de no se sabe qué tipo de especie que todavía no has conseguido incorporar a tu clasificación...








